Por Cristina Bulacio
Para LA GACETA - TUCUMÁN

La gravitación de la palabra, desde tiempos muy antiguos, se revela en textos bíblicos. Borges, buceador de profundidades, conocedor de los límites de la condición humana y su fragilidad, fue un gran lector de la Biblia. Con ese propósito nos detendremos en un pasaje del Génesis ilustrativo de sus inquietudes. Se trata del Versículo 11: La Torre de Babel.

Jehová descubre que los hombres hicieron una Torre con la solapada intención de alcanzar el poder y desconocer sus leyes. Dijeron: “Vamos a edificar una ciudad y una torre, cuya cumbre llegue hasta el cielo, y hagamos célebre nuestro nombre antes de esparcirnos por toda la tierra”. Al percibir la rebelión, el Señor decide confundir su lengua de manera que “el uno no entienda el habla del otro para que no estén juntos”, de allí el nombre de Babel que quiere decir Confusión.

Otro Borges, y de los mejores

Los lectores de la Biblia nos preguntamos por qué Dios no destruyó la Torre, construida de materiales, si quería privar a los hombres de poder, en vez de confundir el habla, algo en apariencia inofensivo. Pero Jehová no se equivoca; sabe que esta narración ilumina el papel que juega el lenguaje en la condición humana: muestra su fragilidad, el carácter temporal y finito de su inserción en un mundo, al tiempo que dota de sentidos la vida, la muerte, el dolor, la alegría y hasta el desentendimiento entre ellos.

Borges lo evidencia en sus cuentos y poesías. Maestro de la palabra, juega con ella. Y lleva hasta sus últimas consecuencias –solapados en su magnífica literatura– principios filosóficos, que son también palabras, y rigen el pensamiento Occidental vigente hasta ese momento. Ya en sus obras tempranas dijo algo casi escandaloso para esos tiempos: “los sustantivos se los inventamos a la realidad”.

Entonces ¿Qué poder y qué yugo esconde el lenguaje? ¿Tienen peso las estructuras lingüísticas sobre el pensar? ¿Son ellas las que debilitan esas convicciones, como la fe en la verdad absoluta o la confianza en la razón? Sí. Somos lenguaje, pero también somos tiempo. Lo dice en sus cuentos. Quizás el más paradigmático sea: “Pierre Menard, autor del Quijote”, donde el personaje quiere escribir el Quijote. Pero, “no quería componer otro Quijote –lo cual es fácil– sino el Quijote […]No se proponía copiarlo […]. Su admirable ambición era producir unas páginas que coincidieran –palabra por palabra, línea por línea– con las de Miguel de Cervantes”.

Por cierto, ello era imposible. Componer el Quijote a principios del siglo XVII era factible –“casi fatal” dice Borges; hacerlo en el XX, trescientos años después, es casi una locura. El tiempo transcurrido ha modificado al texto original y al lector. No hay textos absolutos que se mantengan incólume a lo largo de los siglos. Nadie puede “volver a leer” lo que el autor escribió. Ya es de los otros, de todos. Y todos percibimos el acontecer del mundo que nos dice de un devenir histórico en cuya raíz esta la linguisticidad.

“Se puede estar en desacuerdo con las ideas de Borges y a la vez fascinarse con su literatura”

El espíritu lúdico de nuestro autor, con el cual disimula la profundidad y complejidad de sus hipótesis sobre el habla y su carácter metafórico, le sirve para mostrar que, efectivamente, somos lenguaje y es con ese lenguaje –que nos limita y condiciona– que tomamos conciencia del misterio que nos habita.

Así, leyendo a Borges, los invito a pensar en aquella sugerente frase de Hörderlin: “Un signo indescifrado somos”.

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Cristina Bulacio – Doctora en Filosofía. Autora de “Los escándalos de la razón en J. L. Borges” y “De Laberintos y otros Borges”.